miércoles, 31 de marzo de 2010

HECHIZO DE JAZMINES - Epílogo



Epílogo


Georgetown Parish, Saint George, Islas Bermuda, 1796

Era una hermosa tarde de verano en la isla. Las gaviotas sobrevolaban las aguas del mar color turquesa, cuyas olas lamían suavemente la orilla de la playa. El sol aún brillaba, pero sus rayos eran cálidos a esa hora de la tarde.

Las altas palmeras cocoteras mecían sus extensas ramas agitadas por la brisa marina. La espuma blanca de las olas se amontonaba como copos de algodón sobre la blanca arena.

Dos niños chapoteaban en el agua cerca de su madre, saltando las olas que se aproximaban hasta ellos. Reían y chillaban extasiados disfrutando de aquel glorioso momento de distensión.

El niño más grande, de alrededor de cuatro años, se agachó a recoger un objeto de su interés y luego corrió emocionado junto a la mujer que los vigilaba de cerca. -¡Maman! ¡Mira mamá, una caracola!- exclamó mientras extendía su pequeña manita hacia ella y le mostraba la gran caparazón que había encontrado.

-Es muy bella- dijo la madre regalándole una sonrisa. En efecto, era una caracola muy bonita, de una suave tonalidad salmón nacarada. -¿Sabías que puedes escuchar el sonido del mar a través de ella?- le dijo risueña. El niño negó con la cabeza, demudado del asombro ante esa información.

Se inclinó hacia él y tomándole la mano que sostenía la caracola, lo instó a acercarla a su oreja. –Escucha... ¿oyes las olas?-

Los ojos del niño fueron agrandándose como platos por la sorpresa del descubrimiento y una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios. –Es verdad...- susurró admirado y rápidamente preguntó: -¿Puedo quedármela?-

-Por supuesto que puedes, mon petit- respondió dulcemente. ¿Cómo negarle algo cuando la miraba con esos ojos tan oscuros como los de su padre y demostrando un genuino interés?

No era una madre que malcriara a sus hijos, como así tampoco lo hacía el padre. Sabía que eso no era bueno para ningún niño. Pero un objeto tan inofensivo y natural como una caracola no podía serle negado a nadie.

¡Qué orgullosa se sentía de esos pequeños hombrecitos!, pensó mientras veía a su hijo correr hacia su hermano, tan sólo un año menor que él, le mostraba la caracola y le revelaba lo que había aprendido recientemente.

Estaban creciendo a pasos agigantados, y cuando menos se diera cuenta, se habrían convertido en hombres adultos. Meneó la cabeza y rió para sus adentros. Faltaba mucho para que eso ocurriera, sin embargo sabía que para entonces se transformarían en hombres honestos, leales a sus principios y confiables. Además de guapos, por supuesto.

No los consideraba bellos porque fueran sus hijos, pues cualquiera se daría cuenta a simple vista que eran unos niños hermosos.

Alain, el más grande, llevaba el nombre del abuelo paterno y poseía los rasgos de su padre. En verdad, era una versión idéntica a él en miniatura. Cabellos color azabache, ojos color turmalina, pestañas y cejas espesas, y la misma sonrisa pícara que le formaba hoyuelos en las mejillas.

Ian poseía el mismo cabello negro que su hermano y su padre, pero a diferencia de estos, tenía los ojos de idéntico color verde que su madre, y sus facciones eran una combinación de ambos progenitores. Le habían puesto ese nombre en conmemoración al abuelo materno, y le encajaba a la perfección puesto que tenía un carácter explosivo como el de un escocés de pura cepa.

El hermano mayor era más controlado en sus emociones, más cuando se enojaba podía ser tan bravo como un león enfurecido. ¡Y ni hablar cuando se trenzaban ambos hermanos en una discusión! Sus enfrentamientos verbales podían escucharse a lo lejos y parecer interminables, aunque por ahora solamente solían arrojarse juguetes. No quería imaginar cuando tuvieran más edad y quisieran irse a las manos...

Más allá de ese aspecto de sus caracteres, eran niños buenos, saludables y amorosos. Considerados con sus pares y buenos hermanos. Su crianza estaba basada en el amor, la equidad y la nobleza de espíritu, para que se convirtieran en hombres de honor el día de mañana.

-¡Papa! ¡Papa!- gritó Ian al tiempo que corría hacia su padre, quien venía a su encuentro con los brazos abiertos. Se arrodilló frente a él en el preciso momento en que el niño se arrojaba contra su pecho.

-¿Cómo está mi pequeño duende?- le preguntó alzándolo en brazos. Todavía era un niño de baja estatura, en cambio su hermano, a pesar de sus escasos cuatro años, ya estaba bastante alto. Sin embargo Ian, se perfilaba como un muchachito alto y en cualquier momento se pondría a la par de Alain.

-¡Bon! Alain encontró una caracola y mamá le dijo que podía quedársela- le relató y acercó la carita al oído del padre. -¿¡Sabes que se puede escuchar el mar con ella!?- le susurró entusiasmado.

-¿En serio?- dijo el padre simulando sorpresa y miró a su otro hijo que había llegado corriendo detrás de su hermanito. Sonrió y le guiñó un ojo en actitud cómplice. El muchachito cuadró los hombros, orgulloso del hallazgo asombroso del cual era autor.

-Sí- respondió el pequeño afirmando con la cabeza. –¿Puedo tener una caracola yo también?- le inquirió expectante.

-¡Claro que sí!- contestó. Luego lo depositó nuevamente en la arena y revolviéndole los cabellos le dijo: -Vamos, ve a buscar una. Alain te ayudará.-

Ian sacudió la cabeza en señal de asentimiento y se alejó a los saltos por la orilla, seguido de cerca por su hermano.

El hombre los vio alejarse y luego giró para mirar a su esposa, que se había acercado silenciosamente al pequeño grupo. La abrazó y le besó la frente. -¿Todo bien cherie?-

-Tres bien, mon amour- respondió sonriente. –Aunque un poco agotada... Esta niña se está moviendo demasiado y pareciera que quiere salir a toda costa- agregó haciendo una mueca.

Devon posó su mano sobre el voluminoso vientre de Aaliyah, que ya había entrado en el octavo mes de gestación, y al sentir los movimientos del bebé dentro de la panza se emocionó como si fuera la primera vez que percibía las pataditas de una criatura completamente gestada. No era un padre primerizo, por supuesto, sin embargo cada uno de sus hijos lo conmovía como si fuera el primero.

Estaban plenamente seguros de que el bebé por nacer sería una niña. Era simplemente un pálpito, pero podrían apostar una fortuna a que era cierto. Tan seguros estaban. Por eso mismo, ya habían pensado el nombre que le pondrían. Se llamaría Nicole, como la madre de Aaliyah. Anhelaba que tuviera los ojos del color de su madre, verdes como las esmeraldas, y que su cabello fuera de un rojo tan intenso también como el de su madre. Seguramente así sería ya que sus dos hijos varones eran muy parecidos a él.

-Ven, vamos a sentarnos- le dijo y se encaminaron hasta la manta que había sido extendida sobre la arena bajo la agradable sombra de un cocotero.

Devon se sentó apoyando la espalda sobre el tronco de la palmera y pasando un brazo detrás de la espalda de Aaliyah, la instó a reclinarse contra su pecho.

¡Ah, era tan feliz! Suspiró mientras observaba a sus pequeños hijos corretear por la playa. Tenía una esposa hermosa y fascinante, y dos hijos maravillosos, a los cuales adoraba. Su tercer hijo estaba por nacer y, si Dios lo permitía, pretendía formar una familia numerosa.

Desde el momento en que Aaliyah lo había vuelto a recibir en su vida y todos los malos entendidos quedaron superados, Devon decidió instalarse definitivamente en Bermuda. Se casaron a los pocos días de su llegada a la isla, y Devon sólo regresó a Nueva Orleáns para ultimar los detalles de su nueva vida. Debía cerrar la mansión, reubicar a los criados y dar instrucciones a su administrador para que se hiciera cargo de los negocios, obligándolo a enviarle informes trimestrales de la situación contable de sus propiedades y negocios. Se iría del país, más no se desharía de su fortuna y pertenencias. La casa podía ser reabierta cuando él y su familia decidieran pasar una temporada en Norteamérica. Su fortuna era el patrimonio que le legaría a sus hijos cuando él ya no viviera.

Su vida había cambiado completamente al haber abandonado Nueva Orleáns. No solo iniciaba una nueva vida junto a la mujer que amaba, sino que también se alejaba de su tórrido pasado. Lo único que conservaba de esa vida era a Gaudibert, su mayordomo y a quien no podía dejar atrás puesto que era como de su familia, y a su valet personal. Del resto, había preferido cortar cualquier lazo que lo uniera a un pasado amargo y perturbador. Excepto la comunicación por carta que mantenía con Patrick y sus tíos, no sostuvo contacto con nadie más.

No estaba arrepentido de la decisión tomada. Ahora se sentía un hombre libre, renovado y feliz. Llevaba una vida apacible, rodeado de amor y risas, en un lugar paradisíaco. Jamás hubiera pensado que semejante felicidad pudiera ser posible, sobre todo para él, que se creía signado por la desgracia. Más todo aquello por lo cual había padecido ya formaba parte del pasado. Era un hombre nuevo y su espíritu estaba tranquilo. Tenía una familia hermosa, una mujer a la que cada día amaba más y unos hijos preciosos, ¿qué más podía desear? Absolutamente nada. Estaba más que satisfecho y contento con la vida que llevaba y con lo que Dios le había dado.

-¿En qué piensas?- le preguntó ella, pues lo había sentido suspirar de aquella manera en que sólo puede hacerse cuando se medita algo.

-En lo feliz que soy. Todavía me sorprende que tanta felicidad sea posible- respondió.

-Coincido contigo. Muchas veces he pensado que todo esto es un sueño hermoso y que en cualquier momento puede desaparecer la ilusión. Más cuando te encuentro a mi lado todas las mañanas, cuando mis bellos hijos me abrazan y siento a nuestra niña moverse dentro de mi vientre, me convenzo de que todo es real.-

Devon depositó un beso sobre su coronilla, y al hacerlo lo envolvió la fragancia a jazmines típica de Aaliyah, mezclada con el aroma salado del mar. Tenía su perfume tan grabado en la memoria que no podría olvidarlo ni aún estando tres metros bajo tierra. Era el olor que lo envolvía todas las mañanas y todas las noches, a cada instante que la tenía cerca y el que rememoraba cuando estaba lejos durante el día.

- ¿Te dije alguna vez cuánto te amo por la paz que trajiste a mi vida?-

- ¿Me amas sólo por la paz que te brindo?- replicó risueña.

Devon la estrujó entre sus brazos y rió con picardía. Una risa grave y cadenciosa. –No, sólo por eso no. Existen otras razones- dijo escuetamente.

-¿Cómo cuales?- preguntó mientras apoyaba su cabeza contra el amplio pecho de su esposo.

-¿Es necesario repetirlas? Te las he enumerado tantas veces- se quejó simulando fastidio.

-Es que me gusta oírte decir cuánto me adoras- dijo traviesamente, girando su cabeza para mirarlo a la cara.

Devon le robó un beso antes de responder a su pulla. –Oh, eres una adorable diablilla.-

-¿Yo una diablilla?- exclamó con fingida incredulidad. –Creo recordar un momento en el cual faltaba que te crecieran cuernos y una cola puntiaguda para parecerte al Diablo. Tenías una expresión tan asesina que dabas miedo realmente- comentó.

Devon rememoró inmediatamente el episodio en el establo de la mansión y la furia que había sentido al pensar que Aaliyah regresaba de un encuentro amoroso con algún amante. –Para serte sincero, en esos momentos me sentía como el mismísimo Demonio de tan encolerizado que estaba. Pensaba que tenías un amante y sin preverlo perdí el control de mis emociones y reaccioné como un loco- confesó.

-Ya lo creo- dijo ella, volviendo la vista hacia la orilla del mar, donde sus hijos jugaban despreocupadamente.

-Pero tu eres culpable de que actuara de esa forma irracional- acotó él.

Aaliyah se giró en redondo, aún sentada como estaba, y su rostro reflejó la indignación que la embargó. -¿Cómo que yo tengo la culpa?- barbotó, sus mejillas coloradas por el enojo. Cuando vio que Devon se limitaba a mirarla muy sonriente, divertido por su previsible reacción, se puso aún más roja de ira. -¡Eres un patán!- le espetó y trató de levantarse para alejarse de él.

Devon fue más rápido que ella y antes de que pudiera eludir cualquier intento de su parte por detenerla, ya la tenía recostada sobre la enorme manta y la sujetaba por ambos brazos. –Te vuelves lenta en tu estado- dijo divertido y no pudo contener la risita socarrona que surgía de su interior.

-Oh, suéltame... Eres... eres...- farfulló sin encontrar la palabra correcta.

-¿Un hombre encantador?-

-No, un engreído-

-Sí, reconozco que a veces lo soy...- dijo pensativo. –Pero igual me quieres ¿no es cierto?- agregó con aire infantil y una sonrisa tan seductora que podría derretir el corazón de una bruja.

El enojo de Aaliyah desapareció tan rápido como había surgido. Las sonrisas de Devon tenían ese poder sobre ella, según lo descubrió en los primeros años de matrimonio. Lo había visto sonreír tan poco cuando lo conoció que cuando reparó en ello se sintió desfallecer. Se veía tan aniñado cuando sonreía, que su corazón se enternecía infinitamente. –Eres un seductor incorregible- dijo suspirando. -¿Por qué no puedo enfurecerme mucho tiempo contigo?- se preguntó más a sí misma que a él.

-Porque me amas demasiado- fue su simple respuesta y la besó brevemente. –Lo que más me enloqueció esa noche fue verte enfundada en esos pantalones que no disimulaban tu figura en absoluto- dijo después, seriamente y mirándola a los ojos.

-Mentira- protestó ella. –Eran un muy buen disfraz.-

-Ni de lejos. Cada vez que pienso en la cantidad de hombres que pudieron apreciar tu bonito trasero, se me sube la sangre a la cabeza- dijo aflojando el apretón sobre los brazos de su esposa.

Aaliyah rió encantada. Un sonido melodioso que Devon adoraba escuchar como si se tratase del trino de un canario. –Y yo que pensé que en ese entonces sentías repugnancia hacia mí.-

-Ni aunque lo hubiese querido hubiera podido sentir rechazo hacia ti ni hacia tu cuerpo. Eras como una sirena que me atraía hacia ti por más que intentaba evitarlo.- Hizo un mohín y prosiguió: -Supongo que estábamos destinados a conocernos en circunstancias tan inusuales y que Dios quiso que atravesáramos un camino lleno de obstáculos para finalmente estar juntos y felices.-

Aaliyah llevó una mano al rostro de Devon y le acarició la mejilla con cariño. Habían padecido muchas amarguras en el pasado para luego encontrar la luz al final del túnel que los conducía hacia la felicidad. No había secretos entre ellos, no existía recuerdo ni experiencia del pasado que no hubieran confesado, como así tampoco había problema que no hubieran discutido y solucionado, porque eran una pareja que confiaban plenamente el uno en el otro; confianza que se habían ganado arduamente.

Amaba tanto a Devon que no alcanzaban las palabras para expresarlo. Tan inmenso era el sentimiento que colmaba su corazón que a veces sólo podía demostrarlo con su cuerpo, sus caricias, su mirada, sus besos.

-Soy tan afortunada al haberte encontrado. Ojalá todas las personas pudieran ser tan felices como yo lo soy contigo.-

Devon se perdió en el verde mar de sus ojos y descendió su boca hasta la de ella como hechizado. El beso fue suave y tierno al principio, adquiriendo una febril magnitud a medida que sus lenguas exploraban las bocas.

-Si no fuera por los niños, te haría el amor aquí mismo- jadeó sobre los labios de Aaliyah. Eran como el fuego y la leña, cada vez que se rozaban despedían chispas y se encendían en un fuego que los consumía deliciosamente. Nunca se cansaba de hacerle el amor, como si fuera un goloso irremediable que ansiaba el dulce que sólo ella podía darle.

Aaliyah sonrió sensualmente. Sus ojos eran dos esmeraldas brillantes de deseo. –Además de los niños, no creo que sea conveniente que me hicieras el amor. ¡Mira nada más el tamaño de mi vientre! No creo que puedas hacer semejante despliegue de destreza- lo punzó con malicia, pues sabía que su embarazo no era impedimento para él. Nunca lo había sido con sus primeros hijos. Sólo quería provocarlo y devolverle un poco de la pulla que él le había lanzado antes.

-¿Crees que ese pequeño detalle me detendrá?- le dijo con una media sonrisa lobuna. –Sabes por experiencia que puedo hacerlo... Además existen varias posiciones que facilitan la tarea. ¿O acaso las has olvidado?- le dijo con voz ronca.

Aaliyah emitió una risita y lo miró con ojos seductores. –Creo que deberás recordármelas.- le dijo suavemente.

-Eres una endiablada hechicera. Me tientas hasta la locura cuando sabes que no puedo dar rienda suelta a la pasión que me consume hasta que no nos encontremos en la privacidad de nuestra alcoba- le reprochó.

-¿Cuánto crees que tardaremos en recoger las cosas, reunir a los niños y regresar a la casa?-le preguntó, sus labios rozando los de Devon, en una caricia incitante.

-Te sorprendería ver la rapidez con que puedo hacerlo yo mismo, aún cargándote en brazos- le dijo con confianza, los ojos oscurecidos de pasión.

Aaliyah rió y Devon se unió a su risa argentina. Rieron tanto que los niños giraron sus cabezas para observar a sus padres. Ambos intercambiaron miradas de desconcierto y llegaron a la conclusión de que estaban chiflados.

A veces los oían reírse sin razón aparente y, aunque no eran escasos los momentos de algarabía entre todos ellos, terminaban pensando que sus padres se habían vuelto locos.

Más los niños, con su escasa edad, aún no podían darse cuenta que a veces la dicha albergaba una pizca de locura. Ese era el sentimiento que generalmente embargaba a sus padres. Una sana y feliz locura originada en el inmenso amor que los unía.





viernes, 12 de marzo de 2010

HECHIZO DE JAZMINES - Capítulo 37



Capítulo XXXVII




Georgetown Parish, St. George, Islas Bermuda, 1792



Devon se bamboleaba en el interior del “hansom” alquilado que lo transportaba hacia McKintosh Hall, la plantación perteneciente a Aaliyah. El camino era bastante irregular y pedregoso en determinadas zonas, como la que estaba transitando actualmente y ello hacía que el coche se meciera y bambolease drásticamente, provocando que Devon saltara de su asiento continuamente y tuviera que sostenerse agarrándose de los bordes de las ventanillas.

Tal vez hubiese sido mejor alquilar un caballo, pensó Devon emitiendo un bufido de frustración. No había traído demasiada ropa consigo, solamente una maleta grande, y con un caballo habría llegado mucho más rápido a destino. Pero había desechado esa opción pues no tenía ni la más mínima idea de dónde se hallaba ubicada la plantación de Aaliyah, ni tampoco sabía cómo llegar sin perderse por más de que le hubiesen dado instrucciones y directivas fidedignas. No, alquilar un coche con un conductor que lo llevara directo al sitio deseado era lo más acertado. De esa manera podía hacer un reconocimiento del terreno y del paisaje, y recordar entonces el camino sin posibilidades de que se perdiera en otra ocasión. Si de algo se había enorgullecido toda la vida era de poseer una memoria visual envidiable y un sentido de la ubicación excelente.

Sin embargo, seguía maldiciendo estar sentado en ese bendito coche que lo zarandeaba como un terremoto. A causa del calor insoportable que asolaba la isla y los saltos dados por el coche, había comenzado a dolerle la cabeza.

Finalmente empezaron a circular por un trecho del camino totalmente llano, y dando gracias al cielo, se recostó contra el respaldo y cerró los ojos por unos segundos. Para distenderse comenzó a recordar todo lo que le habían comentado acerca de la isla. Le habían informado que se dividía en nueve condados y que la plantación de Aaliyah era una de las más conocidas en St. George, la capital de la isla. También recibió una resumida lección de la historia de Bermuda, de su geografía y aprendió algunos detalles de importancia como el hecho de que la isla no poseía manantiales ni arroyos de agua dulce, por lo que todas las casas tenían techos especialmente diseñados para recibir el agua de la lluvia, que a su vez era conducida por canales de piedra hasta las cisternas que la almacenaban y donde un pequeño pez dorado las mantenía libres de algas.

No habían transcurrido ni cinco minutos cuando el cochero le avisó a los gritos que se estaban acercando, momento en el que abrió los ojos abruptamente.

Estaba tan ansioso por llegar a la plantación que no cabía en sí. Desde que había puesto pie en tierra, no podía dejar de pensar en la manera de cómo podría llegar a recibirlo Aaliyah. Su anhelo era que ella corriera hacia él y se lanzara a sus brazos alegremente, pero en rigor de verdad era muy probable que ella lo ignorara y lo echara de su casa y de su vida.

El "hansom" comenzó a transitar lentamente un camino de grava y poco después se detuvo con suavidad. Luego de que el cochero le abriera la puerta desde arriba y sin moverse del pescante, Devon descendió llevando consigo su maleta. Mientras observaba fascinado la construcción que se erigía delante de él, el coche se puso en marcha nuevamente y se alejó por el mismo camino.

Se trataba de una enorme mansión de dos plantas y aproximadamente veinte habitaciones, según se atrevió a calcular Devon. Las paredes eran de un bello color rosado interrumpido por el blanco de los marcos en puertas y ventanas, celosías, columnatas, yesería y terrazas.

La casa tenía forma rectangular y en el frente estaba flanqueada por dos especies de torretas que culminaban en una cúpula cónica totalmente blanca. La parte delantera era precedida por una cerca baja de madera blanca y pilares de piedra en el mismo tono rosa de la casa. Supuso que la casa, al igual que la mayoría de las otras viviendas en la región, habría sido enteramente construida en piedra caliza, material abundante en la isla.

Edificada sobre una loma, el lateral izquierdo poseía una maravillosa vista del mar y de la playa en la que culminaba el terreno. Sin duda Aaliyah descansaría todas las tardes en los sillones de mimbre de alto respaldo, ubicados en el balcón terraza, admirando la belleza natural que se extendía frente a ella. Realmente el paisaje conformaba una paradisíaca visión en extremo relajante.

Junto al lateral derecho había un frondoso árbol denominado Royal Poinciana, que otorgaba abundante sombra a ese lado de la casa. También del lado derecho, pero un poco más alejado de la mansión, se ubicaban las caballerizas, el almacén de los carruajes y una pequeña granja que los proveía de hortalizas frescas y alimentos varios.

Mackintosh Hall era como un remanso entre la salvaje vegetación que bordeaba el terreno. Una profusión de follaje y tonos estridentes que se desparramaba aquí y allá.

Subió la escalinata que conducía a la galería de entrada y finalmente se detuvo frente a la gran puerta blanca de una sola hoja. Golpeó tres veces la aldaba de hierro labrado en forma de león y esperó a que le abrieran.

Mientras aguardaba, la agitación que venía sintiendo durante todo ese tiempo se acrecentó. La ansiedad lo había acosado desde que dejara su hogar en Nueva Orleans persiguiendo a Aaliyah.

¡Y él que había pensado encontrarla en cuestión de horas! Sin embargo Aaliyah había desaparecido como por arte de magia. ¿Cómo podía una persona hacerse humo tan fácilmente? Desde la noche que arribara a St. Louis y no la hallara en casa de sus tíos, Devon recorrió todos los hoteles de esa ciudad, pero la búsqueda arrojó resultados negativos. Se le ocurrió preguntar en hoteles de menos categoría e incluso en posadas, pero tampoco la encontró en esos sitios. Perdió dos días en esa tarea y al tercero comenzó a hacer averiguaciones entre la gente respetable con el fin de descubrir si Aaliyah se estaba alojando en la casa de alguna ex compañera de colegio. Más la búsqueda fue infructuosa.

A punto de aceptar la idea de que Aaliyah se había dirigido hacia otra ciudad, emprendió el regreso a Nueva Orleans enfurecido de frustración. Si tenía que empezar a recorrer el país en su búsqueda, era preferible que descansara un poco y recuperara la lucidez, puesto que en todo ese tiempo casi no había dormido en lo absoluto. Por otro lado, iba a necesitar apoyo logístico en su cometido, y no se le ocurrió nadie mejor que monsieur McClelan. Así fue que primeramente se dirigió rumbo a los muelles con el fin de entrevistarse con el investigador y de esa manera ganar tiempo. Al observar los barcos anclados en la costa, reparó en algo que hasta ese momento no había pensado. ¿Y si Aaliyah había regresado a Bermuda? Probablemente le había dejado dicho que iba a visitar a sus tíos solamente para despistarlo, pues en realidad siempre tuvo la intención de marcharse a su tierra. ¡Era la conclusión más coherente y veraz!

Desistiendo de la idea de acudir a McClelan por ayuda, se encaminó hasta la zona comercial del puerto y luego de preguntar si sabían de alguna empresa que realizara viajes a Bermuda, le respondieron que sólo una de ellas sostenía viajes regulares a ese sitio. Ya en la compañía naviera, solicitó los registros de pasajeros para cerciorarse de que efectivamente Aaliyah se había ido a su plantación. En principio, el empleado le negó los libros registrales, objetando que eso estaba prohibido, que iba en contra de las normas de la empresa y otras numerosas excusas más, que fueron acalladas en base a su noble estirpe y unas cuantas monedas de plata. Una vez confirmadas sus sospechas, pretendió adquirir un pasaje y abordar el primer barco que partiera hacia Bermuda. Fue enervante darse cuenta de que la tan mentada regularidad de los viajes no hacía referencia a uno o dos días de intervalo entre cada uno.

Las dos semanas que tuvo que esperar para zarpar rumbo a la isla, ya que no partía ningún barco hacia allí hasta dentro de una quincena, fueron exasperantes. Si a ello además le sumaba el mes transcurrido a bordo del barco, prácticamente había perdido un mes y medio para llegar a destino. ¡Todo un maldito mes! Un tiempo precioso que no pudo aprovechar y en el que pudieron haber acontecido demasiadas cosas negativas para su propósito.

-¿Sí? ¿Qué desea?- preguntó una mujer negra mientras entreabría la puerta.

-¿Se encontraría la señora Mackintosh?- inquirió Devon amablemente.

-No, señor- fue la lacónica respuesta de la mujer.

La duda lo asaltó unos breves segundos, haciéndolo pensar si en realidad Aaliyah habría regresado a su casa o bien se habría ido a algún otro lugar lejano. Sin embargo, decidió insistir con preguntas y de esa manera sonsacarle la verdad a la criada.

-¿Tardará mucho en regresar?-

-Posiblemente- respondió vagamente.

¡Bien! Esa contestación significaba que Aaliyah sí se encontraba allí, pero no de momento. Eso no importaba, podía esperarla en la casa. Unas horas más de retraso no modificarían su objetivo.

-¿Sería mucha molestia que la esperara aquí? Verá, acabo de llegar a la isla y me vine directamente hacia aquí sin demora. Tengo asuntos urgentes que tratar con su señora- le dijo desplegando su más afable sonrisa.

La mujer vaciló unos instantes y finalmente preguntó: -¿Y quien la busca?-

Obviamente esa criada era renuente a dejarlo entrar. Seguramente Aaliyah le habría dado instrucciones a su servidumbre de que no dejaran pasar a nadie extraño o a visitantes inesperados.

-Soy Devon Calvert, Vizconde Gauffier. El prometido de la señora Mckintosh.- mintió descaradamente. Lo máximo que podía suceder era que se sorprendiera al enterarse de que su señora estaba comprometida en matrimonio. Pero si mentir era la única manera de convencer a la criada de que lo dejara pasar, entonces bien valía la pena, pues a pesar de todo no estaba muy alejado de la verdad, ya que su intención era casarse con Aaliyah si ella volvía a aceptarlo en su vida.

Los ojos de la mujer se dilataron de la sorpresa y el desconcierto. Pasado el pasmo momentáneo, abrió la puerta de par en par y haciéndole una profunda reverencia, le dio la bienvenida a la casa.

-Oh, señor. Dispense la rudeza de mi trato hacia usted. No sabía que se trataba del prometido de la señora- se disculpó contrita, luego de cerrar la puerta. –¡Esto es un milagro!- exclamó.

Devon miró a la criada, una mujer de amplias caderas y abundante busto, que denotaba una excelente salud a pesar de sus setenta años, y confundido preguntó: -¿Un milagro?-

-¡Sí, un milagro de Dios! Pensamos que había muerto...-

-Sigo sin entender- repitió Devon dejando la maleta en el piso, y aún más confundido. ¿Qué historia habría inventado Aaliyah con referencia a él y por qué razón?. Bien podría haber regresado a su hogar y no abrir la boca respecto de lo sucedido entre los dos en Nueva Orleáns. Toda esa situación era muy extraña.

-Venga, acompáñeme por aquí señor. Luego me ocuparé de su equipaje- lo instó llamándolo con un gesto de la mano, mientras ella lo precedía y lo guiaba a través del interior de la casa. –¡Oh, la señora se va a poner tan contenta! ¡Usted está vivo!- exclamó exaltada a la vez que abría la puerta de una habitación y lo hacía ingresar en ella.

-Solo estuve a punto de morirme una vez., pero de mi completa recuperación se cercioró Aaliyah personalmente- comentó Devon en voz alta. -¿Cómo pude morirme y no darme cuenta?- preguntó irónicamente, no por ser sarcástico con la criada, sino porque no entendía nada de lo que sucedía.

La mujer cruzó la sala de visitas exquisitamente decorada –aunque Devon no le prestó demasiada atención a los detalles-, y abrió una de las puertas ventanas de la habitación.

–La señora dijo que usted había muerto en un accidente antes de llegar a casarse como Dios manda- le explicó la criada mirándolo a la cara. –Yo siempre dudé de que eso fuera cierto. La señora no podía ser tan desafortunada como para perder dos hombres en tan poco tiempo... ¡era demasiada mala suerte! Sin embargo, a pesar de sospechar que había algo raro en toda esa historia, no podía hostigar a la señora con reproches. ¿Quién soy yo para cuestionarla? Sólo una simple criada, que posee algo de confianza con la señora, pero una simple criada al fin- culminó encogiéndose de hombros.

Devon asintió con la cabeza y le sonrió cálidamente. –Hemos tenido un altercado importante... pero supongo que sus deseos de verme muerto no se vieron realizados- dijo en tono chistoso.

-¡No piense eso! ¿Cómo cree que la señora podría desearle la muerte a alguien?- lo amonestó, sorprendida por su comentario. –Es indudable que la señora lo ama muchísimo... Regresó desvastada por la tristeza al haberse separado de su lado, más yo sabía en mi interior que usted no podía haberse muerto sino que por alguna razón ella lo había abandonado repentinamente.-

-Sí, muy repentinamente...- comentó Devon.

-Acérquese, por favor- le dijo, indicándole que traspasara la puerta ventana y saliera al patio exterior. –La señora está en la playa, al final de este sendero- le informó señalándole un camino serpenteante que comenzaba en el borde central del patio.

-Gracias- dijo y se dispuso a cruzar el patio de baldosas españolas con dibujos romboidales en color terracota.

-Sólo espero que la impresión de verlo aquí, no le haga daño a la criatura...-suspiró la mujer.

Devon se detuvo bruscamente y la miró consternado. -¿La criatura? ¿Qué criatura?-

-Oh, yo pensé... creí que usted estaba al tanto del embarazo de la señora- dijo apenada por haber metido la pata sin quererlo.

-No, no lo sabía- dijo seriamente. –Pero gracias a usted me acabo de enterar. No sabe cómo le agradezco esa información.-

Dio media vuelta y cruzó el patio a grandes zancadas. A paso presuroso y tenso, descendió el sendero que conducía a la playa.

Estaba ofuscado... no, más que eso. Estaba realmente furioso. ¿Cómo osaba Aaliyah ocultarle un hecho tan importante? ¡Un hijo! Dios santo, un hijo suyo.

Extrañamente, no era algo que lo atemorizase, como habría sucedido en otra época y en otras circunstancias. Se sentía exultante, se sentía feliz... sí, feliz y emocionado de haber engendrado un hijo en el vientre de Aaliyah.

Pero lo enfurecía saber que deliberadamente ella le había ocultado que estaba embarazada, seguramente para que él no le impidiera irse de su lado. Por supuesto que él habría frustrado cualquier intento de Aaliyah por abandonarlo en ese estado. Bajo ningún pretexto hubiese permitido que ella le negara a su hijo y lo alejase de él.

¡Diablos, era la noticia más maravillosa que le habían dado en mucho tiempo! Uno de sus sueños más grandes, y que estaba convencido no vería cumplido jamás, era el formar una familia numerosa. Tener una esposa que lo amara y muchos hijos que le alegraran los días. Había encontrado a la mujer que quería para pasar el resto de su vida juntos, y ahora recibía el inesperado regalo de un hijo... ¿Podía pedir algo más? Sí, que Aaliyah entrara en razones, como él lo había hecho, y accediera a ser su esposa. Si ella se negaba, no cejaría hasta lograr una respuesta afirmativa. Al fin de cuentas, había venido hasta aquí para pedirle perdón y decirle que la amaba. La haría su esposa aunque tuviera que obligarla por la fuerza. Era una medida drástica, pero si funcionaba, bien valía la pena en vista de las circunstancias.

-¡Gracias Señor!- gritó mientras recorría corriendo el último trecho del sendero. Se detuvo agitado cerca de la orilla, a metros de Aaliyah, que lo miraba anonadada sin poder creer que él estuviese allí mismo frente a ella.

Devon no prestó atención ni a la arena blanca bajo sus botas, ni al mar turquesa que bañaba la playa, ni a las palmeras que aportaban agradable sombra. Sólo tenía ojos para Aaliyah, vestida con un sari de zaraza estampado con flores rojas, atuendo que marcaba su figura y permitía ver la leve hinchazón de su vientre.

¡Qué hermosa y sensual se veía con ese vestido característico de las islas caribeñas! ¿Usualmente usaría esos trajes estando en la plantación? Esperaba que no fuese así. El pensar que podía recibir visitas o ir a la ciudad vestida de esa manera, accediendo a que todos los hombres apreciaran sus curvas y se solazaran con su belleza, no le agradaba en absoluto.

-Devon...- dijo Aaliyah, en un susurro casi imperceptible. Estaba tan sorprendida de verlo allí, que no le salían las palabras. -¿Qué... qué haces aquí?- preguntó aclarándose la voz.

-Vine a buscarte- respondió calmadamente, una vez recuperado el aliento.

Aaliyah lo observó de hito en hito. Estaba tan guapo con esa chaqueta de sarga color beige y pantalones de ante tostado, que parecía una visión. Devon era el hombre más guapo que había conocido jamás. Su presencia masculina y su apostura viril le quitaban el resuello.

Tenía la camisa blanca de algodón desabrochada hasta la mitad del pecho, a causa del calor, y su amplio pecho subía y bajaba, tentándola a tocar esos pectorales poderosos. Mas no podía sucumbir al anhelo de la carne y tirar por la borda su decisión de alejarlo definitivamente de su vida. Debía ser fuerte y mantenerse firme en su convicción.

-¿Eres tan cruel que recorres miles de kilómetros con el solo fin de encontrarme y continuar fustigándome con tus humillaciones? ¿No fue suficiente maltrato el que sufrí anteriormente?- le preguntó abatida.

-No estoy sediento de venganza, si eso es lo que piensas. ¿Crees que soy un sádico que se regodea en el sufrimiento ajeno?- replicó Devon.

-Tu presencia aquí no me da a entender otra cosa- le respondió girando de cara al mar.

Devon suspiró derrotado. Aaliyah estaba equivocada, pero si se ponía en el lugar de ella, debía reconocer que no la había tratado de la mejor manera durante las últimas semanas que estuvieron juntos. Por lo tanto no era descabellado que supusiera que la había perseguido para seguir echándole en cara su ignominia porque no se había vengado lo suficiente.

-¿Por qué te fuiste sin decirme nada?- preguntó.

-¿Pretendías que te avisara de mi partida para que me detuvieras? Supuse que ya te habías tomado revancha y me habías insultado bastante. No iba a tolerar más afrentas de tu parte- respondió tranquilamente.

Esa no era la respuesta que pretendía Devon. Quería que le confesara por qué se había marchado ocultándole el embarazo, pero era evidente que Aaliyah no iba a decir nada al respecto.

-Sé que te humillé sin razón, que fui injusto contigo... pero no me refería a eso con mi pregunta- explicó Devon.

Aaliyah lo miró asombrada, sin dar crédito a lo que oía. ¿Devon estaba reconociendo que se había equivocado y que la había acusado falsamente? No, esto era una ilusión de su mente. Seguramente no había escuchado bien.

-Quiero saber por qué me no me dijiste que estabas esperando un hijo mío- continuó él.

Aaliyah se puso pálida y su corazón dio un vuelco. No era posible que él lo supiera. Nadie sabía de su estado cuando abandonó Norteamérica. ¿Cómo era posible que él sospechara la verdad?

-No... no es cierto.- negó agitando la cabeza de lado a lado, y echó a correr por la orilla de la playa. Estaba asustada y no quería que él descubriera su estado. Se negaba a creer que Devon supiera del bebé. ¡Era su hijo y lucharía por él con uñas y dientes!

-¡Merde!- exclamó Devon y corrió tras ella. La alcanzó enseguida, y agarrándola de un brazo, la hizo detenerse bruscamente y enfrentarlo. -Es cierto, ¿verdad? No intentes negarlo porque lo se de muy buena fuente- le espetó.

-Déjame- dijo ella, forcejeando para zafarse del apretón. –¿Quién te lo dijo?- inquirió alzando la barbilla en actitud desafiante. Comprendió que sería en vano negarlo, pues él no le creería. Como tampoco le creyó con respecto a Kevin Faversham.

-Fue tu criada. Me lo dijo sin querer. Supuso que yo lo sabía. La pobre mujer estaba tan contenta de verme vivo...- dijo chasqueando la lengua. -¿Qué historia descabellada les contaste? ¿Por qué les dijiste que había muerto?- inquirió sacudiéndola suavemente.

-¿Qué querías que dijera? Inventé la historia más convincente que se me ocurrió para salvaguardar mi buen nombre y el futuro de mi hijo. No podía presentarme ante la sociedad isleña con un hijo ilegítimo. Era preferible que pensaran que me iba a casar con el padre de la criatura pero que desafortunadamente no pudo realizarse la boda porque habías muerto. De esa forma nadie podría murmurar respecto a la progenie del niño- explicó ella.

-De todas maneras deberías habérmelo dicho- vociferó Devon enojado. -¿Cómo se te ocurre ocultarme una noticia semejante?-

-¡Porque seguramente habrías pensado que no era tuyo!- le gritó. Intentó detener las lágrimas que se agolpaban a sus ojos, pero fue inútil. Estaba tan sensible últimamente que el menor recuerdo amargo la hacía llorar. –Si pensabas férreamente que Kevin Faversham era mi amante ¿cómo no iba a suponer que dudarías de tu paternidad? No podía sobrellevar mi embarazo sabiendo que rechazabas a tu hijo y que lo despreciabas de la misma manera que a mí. Es muy doloroso hasta imaginarlo- sollozó desconsolada.

Devon reaccionó ante sus lágrimas de forma instantánea atrayéndola hacia su pecho y abrazándola fuertemente. Le partía el alma verla llorar con tanta amargura, sobre todo porque él era el responsable de toda esa situación.

Seguramente, en aquel momento él habría dudado de que el hijo que ella esperaba fuera suyo. Sin embargo, ahora que sabía toda la verdad no podía menos que sentirse culpable por haber dudado de la entereza de Aaliyah.

-Shh, mon amour. No llores- la consoló. –Es cierto que tal vez habría dudado de tu palabra, porque en ese entonces estaba ciego y me comporté como un necio- comenzó explicando mientras le acariciaba la espalda.

-¿Ves que estoy en lo cierto?- hipó.

-Si... pero ahora se al verdad. Encontré las cartas- le dijo.

Aaliyah se puso rígida. –Ay, no...- gimió contra su pecho. Se separó del abrazo y lo miró con desconfianza. -¿Las leíste?- preguntó temerosa de la respuesta, aunque sospechaba cuál sería.

Devon se limitó a asentir con la cabeza.

Aaliyah se tapó la boca con las manos, sofocando un grito de horror. Había pensado que las cartas habían quedado ocultas en algún baúl, pues en definitiva no recordaba dónde las había puesto cuando empacó sus pertenencias. Había estado tan alterada por todo lo acontecido en esos días que nunca imaginó que podrían haber llegado a quedar olvidadas en la casa de Devon. Justamente en el sitio donde menos debían estar. Tendría que haberlas quemado en la primera oportunidad que se le presentó. Si no hubiese estado tan pendiente de la salud de Devon, seguramente habría reparado en esa posibilidad.

-¡Rayos! Me esforcé tanto por impedirlo...- susurró. -¿Cómo las encontraste?-

-Betsy las halló en tu habitación mientras lo aseaba, precisamente debajo de tu cama. Supuso que eran tuyas y por eso me las entregó a mi para que te las devolviera- explicó Devon.

¡Claro! Seguramente se habrían caído del bolsillo de su falda el día que se despojó de ella. Y como en esos días ella estaba más preocupada por Devon, cuya vida pendía de un hilo, no prestó atención al fajo de cartas que guardaba en el bolsillo y que en la conmoción fueron a parar debajo de su cama.

¡Qué mala suerte! Había luchado tanto para que los secretos que esas cartas contenían no salieran a la luz, y sin embargo, nada resultó como había previsto.

-Oh Devon... al final no pude evitar que descubrieras la verdad- musitó abatida.

-Tendría que haberlo sabido mucho antes- replicó él. –Deberías habérmelas enseñado apenas llegaron a tu poder- la regañó.

-Pero...es que justamente las obtuve el día que Kevin te disparó- gimoteó. -Y yo no quería que supieras la verdad porque eso te destruiría. No podía permitir que se derrumbara la imagen que tenías de Brigitte. ¡La amabas tanto! ¿Cómo iba a consentir que padecieras a causa de esas malditas cartas? No quería que sufrieras, que te lastimaran... - dijo y comenzó a sollozar.

-Sí, saber la verdad me provocó un tremendo dolor, pero no menos que el darme cuenta que te había perdido gracias a mi terquedad. Esas cartas me abrieron los ojos, me mostraron la realidad de mi vida, una realidad que yo no supe ver. Sufrí mucho por la muerte de Brigitte y mi alma se vio pisoteada por su perfidia, pero era necesario enterarme de la verdad, aunque de esa forma se derrumbara la imagen que yo guardaba de ella- confesó.

-Devon...debes haber sufrido tanto en ese momento... ¡Y yo me esforcé tanto para evitarte esa pena!-musitó acongojada, las lágrimas surcándole el rostro. –Intenté pagarle a Kevin la suma que me reclamaba a cambio de su silencio, pero todo salió mal...-comenzó a recordar en voz alta. –No pude juntar todo el dinero, y cuando le ofrecí algunas de mis joyas en reemplazo, se disgustó y me golpeó. Entonces tu llegaste y comenzaron a pelear, y luego el te disparó... ¡Ay, cómo me angustié al imaginar que podrías haber muerto por mi culpa!-

-No, no... por tu culpa no- negó Devon enfáticamente, mirándola a los ojos. -¿Cómo puedes pensar que habría sido tu culpa? No podías saber que ese desgraciado me odiaba tanto como para dispararme a sangre fría.-

-Pero debí haberlo supuesto, con todo el veneno que escupía al mencionarte. Más en su momento pensé que sólo quería dinero e imaginó que la forma más fácil de obtenerlo era extorsionándome con revelar el contenido de esas cartas. Se aprovechó de que te apreciaba en demasía y no deseaba que te lastimaran de ninguna manera- reveló Aaliyah.

-La única culpable de ese episodio es Brigitte. En primer lugar porque se casó conmigo amando a Kevin Faversham...nunca dejó de hacerlo.-

-Pero... ¿cómo es posible que mi prima no llegara a amarte? ¡Tendría que haberse dado cuenta del hombre maravilloso que le había tocado como marido!-

-Supongo que deberá haberme querido un poco. Quiero creer que me guardaba algo de cariño, pues sus cartas no dejan lugar a dudas de que amaba a Faversham con devoción. ¡Si en una de ellas hasta le confesaba que odiaba que yo la tocara y le hiciera el amor porque deseaba que fuera Faversham el que le prodigara besos y caricias!-

-Oh Devon...- murmuró apenada y extendió una mano hacia él para tocarlo, pero se contuvo.

Devon vio su gesto y velozmente tomó la mano que ella trataba de quitar y la atrajo hacia sí con un leve tirón. La sostuvo junto a él, con el otro brazo sujetándola por la cintura.

-Fue doloroso enterarme de la verdad, sí, pero sólo sentí golpeado mi orgullo y pisoteada mi confianza. Su traición no me dolió tanto en el alma porque me di cuenta de que ya no la idolatraba como antes. Tampoco me afectó su falta de amor hacia mí, porque a pesar de que la amé muchísimo... ya no. Otra mujer la reemplazó dentro de mi corazón- le dijo mirándola fijamente a los ojos.

Aaliyah se estremeció. No supo si de pena por lo que él acababa de confesarle o porque supuso que la otra mujer de la que él hablaba podía ser ella.

-Calculo que me enamoré de ti cuando te vi paseando por mis jardines, tan etérea, tan hermosa, tan misteriosa... Intenté alejarte de mis pensamientos en la falsa creencia de que era pecaminoso desear a la prima de mi venerada esposa. Pero jamás lo conseguí, cuanto más me esforzaba en rechazarte, más te introducías en mi corazón, en mi cabeza, en mis entrañas. Te fundiste en mi piel y en mi sangre de manera inevitable, y de a poco te amé intensamente, con un amor renovado y puro. Un amor que nunca antes había sentido y que supera al que sentí por Brigitte.-

Aaliyah lo miraba intensamente, deseando creer en sus palabras. Su corazón palpitaba acelerada y locamente a causa de ello, porque el muy tonto suponía que lo que Devon decía era cierto.

Si las palabras que él había dicho eran verdaderas y sentidas, ¿significaba también que estaba convencido de su inocencia con respecto al tema de Kevin? Si él no había recuperado la confianza en ella y la creía inocente de culpa y cargo, no había nada más que discutir entre ellos. No podría vivir con un hombre que juraba amarla pero que a la vez sospechaba de cada cosa que ella hacía o decía.

-¿Has recuperado la confianza en mi?- preguntó recelosa. Casi se había encogido en actitud defensiva esperando una respuesta negativa.

-¡Por supuesto que si!- respondió Devon. –Apenas terminé de leer esas infames cartas me di cuenta de lo idiota y ciego que había sido. Te había acusado a ti, la única inocente en ese entuerto, de algo que era mentira. ¡A ti, que lo único que hiciste fue intentar salvar mi alma y evitarme una desilusión! Jamás me perdonaré la forma en que te traté a causa de mi necedad.-

-No, no digas eso- le dijo, tomándole el rostro entre las manos. –Reaccionaste de la forma que lo habría hecho cualquier hombre en tu lugar. Yo misma habría desconfiado de mí si me hubiera visto en las situaciones confusas en que tu me encontraste con Kevin- lo exculpó.

-Sí, pero te denigré, te lastimé, sospeché cuando no debería haberlo hecho. Tendría que haber creído en tu amor y en tu entereza... A veces me pregunto si te merezco, si merezco que me ames tanto como yo te amo a ti- le confesó abatido. La sinceridad de sus palabras se reflejaba en las oscuras profundidades de sus ojos.

Aaliyah se sintió conmovida ante su declaración. La amaba. Lo había dicho y lo estaba demostrando en ese momento, al haber ido en su búsqueda, al pedirle perdón tácitamente.

-¡Oh, mi amor! Claro que te mereces mi amor- dijo mientras le acariciaba las mejillas. Esas mejillas masculinas ahora más bronceadas a causa del sol en alta mar. –Te mereces el cielo. Porque eres un hombre cabal, honesto, sincero. Eres el hombre más maravilloso que he conocido. Te amo por todo lo que eres y porque no puedo evitar sentir las cosas que siento por ti- le reveló mientras lo abrazaba fuertemente, intentando transmitirle con el cuerpo lo mismo que había expresado con palabras.

Devon le devolvió el abrazo con la misma vehemencia, como si de ella extrajera la energía que necesitaba para seguir viviendo. ¡Ah, qué placer era sentirla nuevamente entre sus brazos!

La apartó un poco de sí, y tras mirarla brevemente a los ojos, la besó dulcemente. Necesitaba saborear la miel de sus labios llenos. Necesitaba volver a sentir el sabor de sus besos para confirmar que era tal cual como lo recordaba.

Luego el beso se fue volviendo apasionado, fervoroso, hambriento. Los invadió un apetito animal tan antiguo como la vida misma. Habían estado separados mucho tiempo...

Las manos de ambos actuaron independientemente y con ansiedad comenzaron a desprender botones, lazos y nudos, desnudándose el uno al otro en aquella playa solitaria de arenas blancas.

Hicieron el amor tendidos en la arena, redescubriendo sus cuerpos y aplacando el fuego que los consumía inexorablemente.

Afianzaron el amor que los regocijaba rodeados por un mar azulino y bajo un cielo límpido y celeste, coronado por el sol abrasador del caribe, únicos testigos de su reencuentro y de aquella silenciosa comunión de los cuerpos y del alma.



Devon despertó a media tarde en la cama de Aaliyah, con su elástico y esbelto cuerpo acurrucado junto al suyo. Luego de haber hecho el amor en la playa se vistieron a medias, alzó a Aaliyah en brazos y la llevó hasta la casa para seguir amándola en la privacidad de su alcoba.

La habitación era sobria aunque femenina. Paredes de un blanco prístino, muebles pintados de blanco, un sillón tapizado con un estampado de flores azules y celestes, que se repetía en la silla Hepplewhite frente al tocador. A los pies de la enorme cama de roble con baldaquino, del cual pendían metros del más fino y volátil tul color blanco, había un gran baúl de sicomoro con herrajes negros.

Era una habitación amplia, confortable y fresca, gracias a los techos altos y a la brisa marina que hacía flamear las cortinas blancas de voile y que entraba a través de las dos puertas ventana que daban acceso al balcón terraza.

Volvió su cabeza hacia Aaliyah, recostada de espaldas a él aunque encerrada entre sus brazos masculinos que la mantenían cerca. Así podía sentir su calor y respirar el perfume a jazmines proveniente de su sedoso cabello. El mismo aroma que emanaban los jazmines colocados en el florero de cristal sobre la cómoda.

¡Qué bello era despertar con ella entre sus brazos! Era una sensación placentera que nunca había experimentado. En sus épocas de libertino jamás había permanecido en la cama de una mujer más de lo necesario, y con Brigitte no había llegado a dormir toda una noche en la misma cama. Desde un principio ella le había pedido dormir en habitaciones separadas, y él le había concedido el deseo pensando que había sido criada bajo la influencia de costumbres socialmente estructuradas. Sin embargo, ahora sabía que aquella petición no se debía a eso, sino a que Brigitte no soportaba su contacto.

Más no quería amargarse con recuerdos del pasado. Estaba dispuesto a comenzar de nuevo, a disfrutar del presente y del futuro junto a Aaliyah. Nada empañaría la felicidad que lo embargaba en esos momentos.

Aaliyah se removió entre los brazos del hombre, recostándose boca a arriba y abrió lentamente los ojos. Miró a Devon con expresión soñolienta y sonrió adormilada. –Dime que esto no es un sueño- suspiró.

-No lo es- dijo él incorporándose sobre un codo. Luego le acarició suavemente la mejilla. –Estoy aquí y de ahora en más siempre lo estaré. Cuidaré de ti y de nuestro hijo. Quiero que seas mi esposa y te casarás conmigo aunque tenga que obligarte- le dijo con tono serio, aunque su expresión era risueña.

-¿Quieres casarte conmigo por el bebé?- preguntó recelosa.

-Es uno de los motivos, si- le respondió y rápidamente agregó: -Pero aun cuando no estuvieras encinta, de todas maneras te pediría que te cases conmigo. Vine hasta aquí para ello. Recorrí miles de kilómetros con el fin de pedirte perdón por haberte hecho sufrir inmerecidamente y por dudar de tu integridad. Si me recibes nuevamente en tu vida, deseo con toda el alma convertirte en mi esposa-

Aaliyah volvió a sonreír, esta vez ampliamente, y besó la palma de la mano que le acariciaba la mejilla. –¡Mi amor, te amo tanto que siento que el pecho me explotará!- exclamó. –Nunca creí que llegarías a amarme y menos que podrías llegar a quererme por esposa. Era una utopía el sólo pensarlo.-

Devon acercó su rostro al de ella y le dio un corto pero dulce beso en los labios. –Te amo. Te amo como nunca amé a nadie, ni siquiera a Brigitte.-

-Pero la adorabas tanto...- lo interrumpió asombrada.

-Tú lo has dicho: la adoraba. Tiempo pasado. La idolatraba porque estaba idiotizado con su belleza e hipnotizado de tal manera que la creía el ser más puro y gentil del planeta. Pero el amor que sentía por ella fue muriendo de a poco y terminó por desvanecerse en el preciso momento en que supe la verdad con respecto a ella y Faversham. No puedo perdonarla por lo que hizo a mis espaldas, aunque parte de esa culpa la comparte con sus padres. Ellos siempre supieron que su hija amaba a otro hombre y aún así la obligaron a casarse conmigo. ¡Los muy canallas hasta trataron de echarte la culpa diciendo que tú habías ideado un ardid para destruir el buen nombre de su hija!-

-¿Cómo es eso?- preguntó sorprendida. -¿Cómo supieron de las cartas?-

- Yo se los dije. Cuando huiste de casa diciendo que irías a visitar a tus tíos, me dirigí hacia allí en tu búsqueda. Imagina mi desconcierto al no encontrarte. Sin embargo, y a pesar de que no tenía intención de comentar el asunto de las cartas con mis suegros, no pude contener mi rencor y reclamarles por el engaño del que me habían hecho protagonista- le explicó.

- Bueno, no es de extrañar entonces que me hubiesen creído culpable de todo cuanto acusabas a su hija. Siempre me consideraron una revoltosa que trataba de arrastrar a Brigitte en mis travesuras- dedujo Aaliyah.

- ¡No sabes lo bien que me sentí una vez descargada mi ira! Lo mejor de todo fue la expresión de desconcierto que pusieron cuando les dije que te amaba y que ibas a ser mi esposa- dijo con expresión satisfecha, emitiendo una risita.

-¿En verdad le dijiste eso?- preguntó Aaliyah sin poder creer lo que él contaba.

Devon asintió con la cabeza y procedió a relatarle todo lo acontecido en la casa de los Recamiere.

-Gracias...- murmuró Aaliyah una vez él hubo terminado de hablar. –Gracias por defenderme, por reivindicarme ante mis tíos.-

-Es lo menos que te mereces. No podía permitir que te injuriaran y que siguieran menospreciándote.- le sonrió dulcemente y volvió a besarla.

Fue un beso suave y lento que hizo palpitar sus corazones de forma alocada. Terminado el mismo, Devon la observó detenidamente por varios segundos, como si quisiera grabar en su memoria la imagen de su amoroso rostro. –¡Mon ange!- exclamó en un susurro. –Eres mi ángel salvador. El ángel que me salvó del infierno, el hada que encantó mis sentidos y la hechicera que embrujó mi corazón.- Tomó el borde del acolchado azul de brocato que los cubría a ambos hasta la cintura y lo hizo a un lado.

Primero acarició con suavidad el vientre levemente hinchado de la mujer y luego descendió su cabeza y depositó un sonoro pero tierno beso en ese mismo sitio donde se gestaba su hijo.

La ternura de ese gesto hizo que Aaliyah se emocionara y una lágrima desbordara de sus ojos.

-Quiero agradecerte este regalo que me haces. No sólo me estás dando la oportunidad de enmendar mis errores sino que también me brindas el regalo más hermoso, un hijo- le dijo levantando la cabeza y volviendo a mirarla a los ojos.

-¿De verdad te alegra tener un hijo conmigo? Una vez dijiste que no querías tener hijos nunca más en la vida...- dijo con cautela.

-Es cierto, más en ese entonces era un hombre deprimido, triste y enojado con la vida. Ahora es diferente. Tú llenaste mi vida de alegría y me haces feliz, y nuestro hijo completará esa felicidad- le aclaró para luego añadir; -Debo confesar que la noticia de tu embarazo me aturdió en principio, pues no me lo esperaba. Yo había pensado que nunca vería realizado el sueño de una familia propia. Lo creía firmemente pues los golpes del destino no me habían permitido pensar otra cosa. Sin embargo, cuando digerí el hecho de que sería papá otra vez sentí que la vida me estaba dando otra oportunidad. Ya me lo había demostrado llevando hasta mi puerta a la mujer más hermosa y exótica que había conocido jamás, y ahora me lo confirmaba con ese regalo de Dios. ¡No tienes idea de la alegría que siento sabiendo que me amas y que además esperas un hijo mío!-

Aaliyah lo abrazó fuertemente y llenó su rostro de besos. –¡Te quiero, te quiero tanto amor mío! Prométeme que nunca más dudarás de mí, que no volveré a sufrir por culpa de malentendidos...-

-Te lo prometo. Prometo no lastimarte nunca más y juro solemnemente amarte hasta el final de mis días- dijo contra sus labios. –Te haré tan feliz que no recordarás haber vivido momentos aciagos en tu vida.-

Volvió a besarla, esta vez con pasión. Una pasión que alimentó el fuego que corría por sus venas y los hizo perderse en otra hora de lujuria y éxtasis pasional.